Construyendo memoria en Colombia. . .
De izquierda a derecha, Héctor Abad Gómez,
Leonardo Betancur y Luis Felipe Vélez
Hace un cuarto de siglo, un 25 de agosto, Medellìn sufrió la peor andanada paramilitar contra la inteligencia
Por Roberto Romero Ospina, tomado del Centro de Memoría
(http://www.centromemoria.gov.co/)
*Hace 25 años, fueron asesinados
el maestro Luis Felipe Vélez, presidente de la Asociación de Institutores de
Antioquia, y los profesores de medicina y luchadores por los Derechos
Humanos, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur. La protesta se extendió por
todo el país con paros de educadores y movilizaciones. En Bogotá, durante
la jornada de lucha, fue asesinado a balazos el estudiante de la
Universidad Nacional, Luis Alberto Parada Pedraza. Las confesiones de Don Berna
cinco lustros después
Los criminales
andaban sueltos. Y no temían nada ante el manto de impunidad que los
cubría en todo Antioquia. Por eso actuaron a la luz del día y en una racha sin
precedentes, con alevosía de espanto, fueron capaces de asesinar a tres
personalidades paisas y luchadores sociales con intervalo de horas aquel aciago
25 agosto de 1987. Hoy hace exactos veinticinco años, un cuarto de siglo.
Primero fue el maestro
Primero fue el maestro Luis Felipe
Vélez, de 33 años, presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia,
ADIDA y dirigente de la CUT. Acribillado a las 7:30 de la mañana cuando entraba
a las oficinas del sindicato.
Y después el eminente médico liberal, Héctor Abad Gómez, 62 años, presidente
dela seccional del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos
Humanos, quien cayera junto a su ex alumno y amigo, Leonardo Betancur, 38 años,
vicepresidente de la Asociación Médica de Antioquia AMDA y dirigente de
la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia ASOPRUDEA.
Gómez y Betancur fueron atacados a las cinco de la tarde cuando iban a ingresar
a la sede de ADIDA a presentar su pésame a los trabajadores del magisterio por
el asesinato de Luis Felipe.
Héctor Abad no alcanzó a entrar a la sede sindical, una ráfaga de tiros
lo mató en el acto. Leonardo logró huir un trecho refugiándose en la cocina de
la directiva sindical, pero allí llegaron los sicarios ultimándolo sin
contemplación alguna y en medio del concurrido velorio.
Ese año de 1987
iba a marcar profundamente a Colombia. Con apenas dos años de haber nacido como
una nueva opción política, la Unión Patriótica, en solo seis meses de
campaña, había obtenido 370 mil votos por su candidato
presidencial Jaime Pardo Leal, la más alta votación de la izquierda en
toda su historia.
Los enemigos de los cambios, bien afincados en el establecimiento, no iban a
aceptar de buenas a primeras semejante recomposición electoral. Y ese 1987 fue
señalado como el comienzo del exterminio que culminaría con la propia ejecución
de Pardo Leal el 11 de octubre.
La protesta ante el extermino de la UP y la cuenta de cobro
En Antioquia, donde la UP se convirtió
en la primera fuerza en varias regiones, en especial en Urabá, y con gran
crecimiento en Medellín, decenas de líderes y simpatizantes comenzaron a
caer asesinados, otros eran desaparecidos a manos de grupos de sicarios,
la mayor de las veces con la complicidad oficial mientras la modalidad de la
masacres sembraba el terror en campos y veredas.
La protesta no tardó en organizarse y se convocaban marchas contra el crimen.
Una de ellas en favor de la vida, tuvo lugar el jueves 13 de agosto de 1987.
Salió de la Universidad de Antioquia respaldada por millares de estudiantes,
profesores y activistas de Derechos Humanos.
Al frente iban los dirigentes del Comité Permanente por la Defensa de los
Derechos Humanos, los profesores universitarios Leonardo Betancur
Taborda, Héctor Abad Gómez, Pedro Luis Valencia Giraldo, y los líderes del
magisterio sindicalizado, entre ellos Luis Felipe Vélez.
Un día después vendría el castigo: en la mañana del viernes 14 de agosto, en su
residencia,vecina de las propias instalaciones de la IV Brigada del
Ejército, y tras estrellar un vehículo contra la puerta del garaje, los
asesinos ingresaron a la casa de Pedro Luis Valencia Giraldo para darle
muerte.
Valencia, médico y profesor de la Universidad de Antioquia, reconocido defensor
de los Derechos Humanos, militante del Partido Comunista y Senador de la
República por la Unión Patriótica, había dedicado toda su vida a la militancia
y al trabajo social.
Y once días después, el 25 de agosto, los otros tres líderes de la marcha
serían inmolados: Luis Felipe Vélez, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur.El
mismo 25, como queriendo amedrentar para siempre a todo el magisterio,
fueron heridos gravemente por sicarios los educadores Aura Gutiérrez
Taborda, Israel Gómez Delgado y Abel Gómez de la Universidad de Antioquia.
Los crímenes enardecen a todos
ADIDA, que agrupa a todos los maestros
y con el respaldo de la CUT, decretó un paro de 72 horas, iniciativa que ganó
rápidamente el apoyo nacional. Decenas de manifestaciones y cese de actividades
se dieron en todo el país.
La consigna por el derecho a la vida, las libertades democráticas y por el
levantamiento del Estado de Sitio,movilizaron a millares de colombianos.
En Bogotá, la protesta por los crímenes de Medellín se reflejó en una
marcha del silencio que copó gran parte de la Plaza de Bolívar. Miles de
estudiantes ocuparon las calles y parte de la muestra que salió de la
Universidad Nacional fue atacada a bala por patrullas de la Policía muriendo el
estudiantes de tercer año de Derecho, Luis Alberto Parada Pedraza, por un
tiro en el cráneo cuando transitaba por la carrera 26 con calle 25.
Betancur, quien había dejado el gobierno un año antes, a nombre del partido
conservador se limitó a decir que el país “vive un momento de gran confusión
que obliga a actuar con serenidad y templanza”. Sobran los comentarios.
Por su parte, Luis Carlos Galán, jefe del Nuevo Liberalismo y quien se
perfilaba con el candidato presidencial sin rival a la vista, señaló que el
país padece “una guerra sucia con atentados, desapariciones y amenazas que
buscan la desestabilización”.
Y El tiempo editorializó lamentando los hechos de violencia de Medellín al
tiempo que condenabalas movilizaciones populares y los paros del magisterio
pues “promovían los desórdenes de quienes buscan el caos de la nación”.
Las confesiones de Don Berna, veinticinco años después
Por los
crímenes de estos defensores de Derechos Humanos jamás hubo un detenido. A
comienzos de febrero de 2012, un cuarto de siglo después, durante su tercer día
de versión libre en el proceso de Justicia y Paz, el jefe paramilitar Diego
Fernando Murillo, alias Don Berna, aseguró que Carlos Castaño, fue el
determinador del asesinato de Héctor Abad Gómez.
La operación se ordenó, según Don Berna, porque el médico “hacía denuncias que
afectaban a las Fuerzas Armadas, haciéndole el juego al EPL. Por eso, Carlos
tomó la decisión de ejecutarlo”.
Sobre el crimen del senador por la Unión Patriótica, Pedro Luis Valencia,
ocurrido el 14 de agosto de 1987, recordó que “Carlos fue personalmente a ese
operativo con miembros de la IV Brigada”, y agregó que Castaño también estuvo
detrás del homicidio del líder de los educadores de Antioquia, Luis Felipe
Vélez.
Don Berna indicó que todos estos crímenes hicieron parte de una
estrategia de los paramilitares para apoderarse de la capital antioqueña. “Para
finales de los ochenta, quien tenía el control de la guerra urbana en Medellín
era Carlos, que lideraba un grupo de cinco o seis hombres, ayudados por
militares, para ejecutar acciones contra la guerrilla”.
Sin embargo, cuando la Fiscalía le preguntó qué miembros de la fuerza pública
ayudaron a Castaño en su plan para apoderarse de la ciudad, Don Berna guardó
silencio y dijo que por problemas de seguridad preferiría no mencionar a nadie.
Al único al que se refirió fue al general FaroukYanine Díaz, ya fallecido, que
en vida fue señalado, además, como responsable de la masacre de La Rochela,
ocurrida el 18 de enero de 1989.
Respecto a él, Don Berna, que se encuentra recluido en los Estados Unidos
pagando una pena por narcotráfico, dijo, como cita El Espectador en su edición
de febrero 15 de 2012: “Este general era clave en la lucha antisubversiva
y en el apoyo a las autodefensas en asuntos logísticos, de relaciones con otros
oficiales y con información”.
Los discípulos del general Millán Astray
En ese mismo
año de 1987, entre los meses de julio y diciembre fueron asesinados: Darío
Garrido Ruiz, profesor de la Facultad de Odontología; Edison Castaño Ortega,
estudiante de la Facultad de Odontología; José Abad Sánchez, estudiante de la
Facultad de Medicina Veterinaria; Yowaldin Cardeño Cardona, estudiante del Liceo
Autónomo; José Ignacio Londoño, estudiante de la Facultad de Comunicación
Social y Periodismo.
Así mismo John Jairo Villa Peláez, estudiante de la Facultad de Derecho;
Carlos López Bedoya, profesor del Departamento de Antropología; José Ignacio
Uribe Londoño, estudiante; Gustavo Franco Marín, estudiante de la Facultad de
Ingeniería; Rodrigo Guzmán, médico internista del Hospital San Vicente de Paúl.
Y también Orlando Castañeda Sánchez, estudiante de la Facultad de Medicina;
Marina Ramírez, estudiante de la Facultad de Química Farmacéutica; Francisco
Gaviria, estudiante de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, y el
humanista, abogado, antropólogo, teólogo y filósofo Luis Fernando Vélez Vélez,
profesor e investigador, todos de la Universidad de Antioquia. Catorce
integrantes del alma mater asesinados, uno cada quince días.
Una verdadera razzia contra la intelectualidad
progresista. Los perpetradores cumplian al pie de la letra el lema del
general fascista español Millán-Astray de “Viva la muerte, abajo la
inteligencia”, que respondiera sabiamente Unamumo en la Universidad de
Salamanca el 12 de octubre de 1936, ¨podrán tener la fuerza, jamás la razón¨.
Héctor Abad Faciolince, hijo de Abad Gómez, escribió uno de los más hermosos
textos sobre el padre. Que retrata todo lo bueno de los progenitores con
un título tomado de un poema de Borges: El olvido que seremos.
Abad Faciolince dice que "Nunca entendimos que lo hubieran matado ni que
el traje con sangre que me entregaron en el anfiteatro pudiera ser su traje con
su sangre”.
“¡Nunca sangre tan roja entre mis dedos! Había en los bolsillos un poemade
Borges, «Epitafio», una lista de muerte con su nombre,y una bala incrustadaen
el forro del cuello. La bala fue una de las seis que lo mataron y no la
conservamos;los nombres de la lista fueron siendo borrados, en los meses
siguientes, por los asesinos”.
“El poema decía:Ya somos el olvido que seremos.Y es verdad. A veces lo
olvidamos.Yo voy a recordarlo el día en que me muera".
Sin embargo, la memoria se resiste al olvido. No seremos el olvido como
señalaba Borges. Por el contrario, el movimiento social por el rescate de la
memoria histórica adquiere nuevas dimensiones para que nadie, víctima de
la violencia, permanezca relegado en el recuerdo.
Centro de Memoria, Paz y Reconciliación