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Luis Carlos Pérez |
Por Roberto Romero Ospina
Luis Carlos
Pérez vivió intensamente. Antes de morir, hace veinte años, acribillado
en una calle de Fontibón, en Bogotá, había cumplido cuatro décadas de
lucha incesante al lado de los trabajadores. Su principal escuela fue el
sindicato de Gaseosas Colombianas, empresa donde se vinculó como chofer de un
camión repartidor a finales de los cincuenta apenas estrenando cédula.
Allí, en ese
gigante fabril que sitia ocho manzanas de Puente Aranda, comenzó a destacarse
como dirigente sindical. Con apenas 32 años, encabezó la huelga más larga del
sector: durante 120 días no se envasó una sola botella de refrescos.
Luego de la
victoria, fue expulsado el mismo día de su reintegro ordenado por un juez
laboral. Esto no lo desalentó. Por el contrario, puso manos a la obra de
organizar a los conductores fundando la Federación de Choferes de Colombia. Su
destacada labor lo llevó a convertirse en miembro del Comité Administrativo de
la unión del ramo de la entonces poderosa Federación Sindical Mundial, la más
grande de entonces.
Pérez emergió también
como destacado jefe de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia,
creada en 1961, la segunda central del país y que se disolvió en 1986 para
darle paso a la CUT. Era uno de los quince del ejecutivo y como todos no podían
llegar a la junta nacional de la naciente confederación unitaria, se le reservó
un lugar en la dirección confederal, teniendo todos los méritos para acceder a
la otra dirección.
“He conocido
pocos oradores tan vibrantes como Luis Carlos Pérez; era un torbellino al que
era imposible perderle una sílaba”, anota hoy Jairo Ramírez, ex dirigente
sindical de la Federación de Trabajadores de Cundinamarca y miembro del Comité
de Derechos Humanos de la USO.
Su verbo
encendido agitó decenas de mítines, asambleas sindicales y grandes
manifestaciones. Durante el paro cívico nacional organizado y liderado por las
cuatro centrales, CSTC, UTC, CTC y CGT, que movilizó a millones de personas y
que el presidente López Michelen llamó como “el pequeño 9 de abril”, Pérez se
destacó como uno de los más aguerridos agitadores.
Ramírez
recuerda a Pérez como una persona cálida y afable, constructor de sindicatos,
en especial en la rama que conocía, y nunca renunciaba a una comisión de
solidaridad en cualquier parte del país.
En una de esas
correrías, en apoyo a los trabajadores de la Empresas Públicas de Medellín, fue
detenido el 14 de septiembre de 1981, cuando con un piquete de ellos acudía la
oficina del gerente a presentar el pliego de peticiones.
Duró preso
cuarenta días en una brutal arbitrariedad que le valió una condena al gobierno
de Colombia por parte de la Oficina Internacional del Trabajo.
Y otra vez, en
lugar de amilanarse, Pérez volvía a sus lides sindicales. Militante del Partido
Comunista, llegó a su comité central. Sus últimos cinco años de militancia los
pasó en las filas de A luchar, donde llegó a su dirección nacional como fiscal.
Como se
recordará, después del proceso de reinserción de la llamada Corriente de
Renovación Socialista, varios de los ex compañeros de Pérez de la dirección de
A luchar fueron asesinados por el paramilitarismo y agentes del Estado.
Dos años antes
del crimen, Pérez se había dado a la tarea de orientar al sindicato de
trabajadores de la empresa de valores Thomas de la Rue, Sintravalores.
Precisamente el día de su sacrificio se encontraba asesorando al gremio en las
negociaciones del pliego con la patronal.
Durante el
sepelio masivo de Luis Carlos Pérez fueron pintadas consignas a lo largo de la
26 que denunciaban a la Thomas de la Rue como perpetradores del crimen.
Es que en plena
negociación, en ese aciago 1993, fueron asesinados varios dirigentes de ese
sindicato. Unos días antes de caer Pérez, en Santa Marta, era acribillado
Hidalgo Facsel completando ocho los líderes muertos de Sintravalores.
Era tal la
incursión criminal contra el sindicato que Juan de Jesús Rodríguez,
vicepresidente de la organización recibió una andanada de tiros el 9 de
diciembre de 1992 cuando entraba a su casa del barrio Kennedy de Bogotá. Quedó
parapléjico.
Minutos antes,
Rodríguez se había despido de Pérez y de su pequeña hija Erika, de once años,
después del estallido de un artefacto dinamitero en las puertas del hotel
Orquídea Real donde revisaban la tabla de salarios con los empresarios. La niña
sufrió un ataque de nervios por la fuerte explosión que obligó la intervención
de un médico.
El viernes 25
de junio de 1993, a las 9:30 a.m., cuando Luis Carlos Pérez, de 64 años, se
dirigía a su oficina acompañado de Erika, dos sicarios en una moto de alto cilindraje
descargaron sus armas arrebatándole la vida. Ese año también fueron asesinados otros
dos dirigentes nacionales de la CUT, Oliverio Molina y Jesús Alirio Guevara.
Crímenes que se sumaban a decenas de otros líderes sindicales caídos aquel año
de infamias.
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