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martes, 2 de julio de 2013

Historia: Alfonso López Michelsen, los otros cuatro años de esperanza




Por Roberto Romero Ospina, Centro de Memoria, Paz y Reconciliación

Hace un siglo, el 30 de junio de 1913, nació Alfonso López Michelsen, el hijo del presidente López Pumarejo que encabezó la “Revolución en marcha”, y los diarios liberales rememoran la fecha considerándolo el “hombre del siglo XX”. Quizá sea solo un panegírico de quienes tanto recibieron de él, pero lejano de las nuevas generaciones que hoy ni siquiera le otorgaron un sufrido voto en la encuesta de History Channel como el colombiano de todos los tiempos.

Y claro, la prensa habla en especial de su periodo presidencial como un cuatrienio de grandes transformaciones. Electo en 1974 como el primer mandatario pos Frente Nacional,  que había aletargado al país por 16 años, López Michelsen no fue ni la sombra de las ejecutorias del primer gobierno de su padre, 1934-1938, pero como el progenitor, también terminó por dejar fletadas las esperanzas de tantos colombianos en un proceso real de cambios sociales y políticos.

Algo va de un López a otro


López, el viejo, representante legítimo del establecimiento y gran burgués él mismo, le dio un gran impulso a las reformas sociales que reclamaba el país tratándose de ponerse en sintonía con la modernización tras décadas de atraso. Para ello era necesario contar con el apoyo de la naciente clase obrera en la obra transformadora. Entonces llegó una nueva legislación laboral, avanzada para la época y con ella el apoyo sostenido del movimiento sindical. Los campesinos, por su parte, se ilusionaron con la Ley de Tierras, el primer intento de las clases dominantes de resolver la inequidad agraria.

Sin embargo, en su segunda administración de 1942-1946, y tras la “pausa” del presidente Eduardo Santos, -tío abuelo de Juan Manuel Santos- quien consideraba que se había ido muy lejos, y opuesto a su reelección apoyando a otro candidato, López puso el freno de mano al proceso de cambios que había iniciado en los treinta y terminó renunciando en 1945, un año antes de culminar su mandato. Después vendría el año del liberal Lleras Camargo y el interregno de dictaduras conservadoras hasta la caída del Rojas Pinilla en 1957 que llevaron al país a la peor violencia.

Precisamente con el fin del régimen despótico del general Rojas, Alfonso López Michelsen decide dejar el exilio mexicano y regresar a Colombia. Comenzaba el Frente Nacional que pactaron los sectores dominantes, de los dos partidos tradicionales, encabezados por Laureano Gómez, por el conservatismo, y Alberto Lleras y Alfonso López Pumarejo, por el liberalismo.

El nuevo régimen político, votado en forma abrumadora en el plebiscito del 1 de diciembre de 1957, (y que ponía borrón y cuenta nueva a todo el periodo de Violencia como si un hubiera pasado nada) determinaba un sistema de alternación presidencial en el que los dos partidos se repartían en poder cada cuatro años y ninguna otra formación política podría tener acceso a la dirección del Estado, a las cámaras, asambleas y concejos o a la administración de justicia. Quien no fuera liberal o conservador, automáticamente se convertía en un ciudadano de segunda clase.

El otro cuatrienio


Y aquí viene, entonces, el cuatrienio de la esperanza. No el del Mandato Claro de la administración de López Michelsen, 1974-1978, que el pueblo llamó el “mandato caro, con la más aguda inflación quizá de toda la historia del país, cercana al 40% y el consiguiente alto costo de vida. Todo esto condujo a que el sindicalismo se uniera por primera vez e impulsara con sus cuatro centrales, CSTC, UTC, GCT y CTC, el más grande paro cívico que haya vivido Colombia. La acción represiva del gobierno de López Michelsen dejó un saldo de más de una veintena de muertos, centenares de heridos y miles de detenidos. Fue tal la movilización nacional y la furia popular que el mismo presidente llamó la jornada como “el pequeño 9 de abril”.

El cuatrienio de la esperanza de López Michelsen sí que marcó a toda una generación. Y despunta apenas se conocieron los resultados de plebiscito. En enero de 1958, el dirigente liberal con 45 años, que comenzaba así tardíamente su vida política, alertó al país de los graves males que le deparaba a la democracia el naciente Frente Nacional. Y con un destacado grupo de intelectuales, entre ellos, Felipe Salazar Santos y Álvaro Uribe Rueda, funda el Movimiento Revolucionario Liberal y el semanario La Calle, que se mantuvo, en una proeza de la prensa disidente liberal por cuatro años.

Muy pronto las ideas de López se abrieron paso. Y en las plazas públicas comenzó a bullir el ánimo de cambio con fuerte presencia de todos los sectores inconformes, entre ellos los comunistas y toda la izquierda que veían en el MRL una alternativa real de poder. Eran los tiempos del inicio de la Revolución Cubana que comenzaba a ejercer enorme influencia en América Latina.

Y en los primeros comicios del Frente Nacional, en marzo de 1960, el MRL obtiene 310.000 votos, un holgado 15% del electorado, y 17 Representantes a la Cámara. Entre ellos, el mismo López y cuyo suplente era el veterano dirigente agrario comunista y ex guerrillero Juan de la Cruz Varela, lo que demostraba la claridad política del jefe liberal de mantener alianzas con los sectores sociales más importantes del país y no temerle al sambenito del anticomunismo.

López, dispuesto a derrotar el Frente Nacional, prosiguió su frenética marcha nacional contra la alternación presidencial y decide lanzarse como candidato liberal a la primera magistratura que le correspondía a un conservador. Entonces esgrimió la tesis del constituyente primario como el definitivo a la hora de las decisiones electorales. En los comicios para el Congreso de marzo de 1962, el MRL y sus aliados de izquierda, doblan la votación de 1960: 610.000 votos y obtienen 33 de los 145 Representantes a la Cámara, entre ellos varios líderes sociales revolucionarios, y 12 senadores.

Una esperanza llamada MRL


Entonces el establecimiento, que comenzaba a tomarle gusto a la repartija burocrática y a las mieles del poder, comenzó a llenarse de pánico, mientras en los sectores populares y de la juventud, que no tenían canales de expresión crecía el apoyo a López y a su programa revolucionario SETT, Salud, Educación, Tierra, Techo y Trabajo.

Nunca se nos olvidará a Manuel Vásquez Castaño, cofundador con su hermano Fabio del ELN, en uno de los pasillos del Capitolio, durante el primer congreso de las Juventudes del MRL, en 1962, despidiéndose de sus compañeros de militancia camino a la Federación Mundial de la Juventud Democrática, en Budapest, donde a esta organización se le otorgó un asiento.

Entre los cuadros juveniles de ese entonces, nutridos en las ideas del MRL,  se destacaban también, Marco Palacios, Puyana, Gabriel Bustos, para citar algunos.

Y entre la intelectualidad las filas del MRL se llenaron de personajes dándole brillo a ese cuatrienio de esperanzas: historiadores como Indalecio Liévano Aguirre; poetas como Jorge Gaitán Durán; arquitectos como Hernán Viecco; artistas como Bernardo Romero Lozano, Jorge Elías Triana e Ignacio Gómez Jaramillo, además de los más destacados líderes de la izquierda, entre quienes se destacan Gerardo Molina; Diego Montaña Cuéllar, Alfonso Barberena, el más destacado dirigente popular del Valle; y Estanislao Posada, líder del liberalismo antioqueño, Luis Villar Borda.

Las bancadas del MRL en el Congreso, Asambleas Departamentales y Concejos Municipales, mantenían una férrea oposición al sistema y denunciaban todas las tropelías del primer mandato del Frente Nacional en cabeza de Alberto Lleras Camargo. Miles de cuadros se formaron en esta gesta popular, y no era raro ver al MRL en las carpas de los huelguistas, en las marchas estudiantiles y todas las acciones sociales por el cambio. Fue resonante su apoyo a la huelga de Avianca con toma de El Capitolio.

“Ahí les dejo la sigla”


Vendría la prueba de fuego del MRL: las elecciones presidenciales de 1962. Un solo candidato, el del Frente Nacional, el conservador Guillermo León Valencia. Y López contra todo el establecimiento. Fue una campaña dura y desigual en la que el MRL unido resistía el embate de la gran prensa y radio, que no escatimaba insultos y hacía gala de su arsenal anticomunista. En ese cometido electoral nos tocó apoyar, siendo aun un mozalbete, la gran manifestación de Barranquilla, donde López alternó por primera vez en la tribuna, en una plaza de San Nicolás llena hasta las banderas, con Gilberto Vieira, secretario general del partido comunista. Contrario a lo que se decía, ese paso produjo más votos que los reportados en marzo.

López obtuvo finalmente 624.863.000 votos, un poco más de los sacados para las parlamentarias. Pero aun así correspondía al 25% de electorado. Guillermo León Valencia, sumando liberales y conservadores, sacaba 1.633.873. 000 sufragios.

Entonces, lejano al lema de Franklin Delano Roosevelt, el presidente norteamericano que se ufanaba en proclamar que él era un traidor a su clase, López, sabiendo que continuar esa lucha contra el sistema iba a ser ruda y prolongada, vuelve al redil de su clase. Sin tapujos, decide apoyar el nombramiento de un dirigente del MRL, Juan José Turbay como ministro de Minas y Energía del presidente Valencia, contra el querer del movimiento.

Así se abría paso el terreno de las divisiones y de la trashumancia parlamentaria con el norte puesto ahora en la colaboración con el gobierno. Muy atrás quedaba entonces, la célebre frase de López de “pasajeros de la revolución, favor pasar a bordo”. Pronto el MRL entró en barrena y antes los reclamos de las bases y sectores radicales, López, en una frase de esas que lo marcaban cuando quería poner punto final a algo, les dijo, “si quieren, ahí les dejo esa sigla”.

Esos cuatro años de los bríos de izquierda de López fueron de intensa lucha social y política que con dinamismo y compromiso supo liderar. Y que logró integrar a un naciente movimiento contestatario tras nueve largos años de ostracismo causados por la ilegalidad a la que fue arrojado desde 1948 a 1957. Años en los que se dibujó una esperanza por los cambios.

López pactaría después, en 1967, con el partido liberal. Y en pleno Frente Nacional aceptó la gobernación del naciente departamento del Cesar, nombrado por Lleras Restrepo. Éste revalidaba la entrega nombrándolo después como su canciller.


En 1982 López quiso reeditar su Mandato Claro lanzándose a la presidencia a los 69 años, que perdió frente a Belisario Betancur. Pero la historia debe abonarle dos momentos finales de su intensa actividad política tardía: su apoyo firme al proceso de paz de la Uribe, (que visitó varias veces entablando una cálida relación con Jacobo Arenas) y su intransigente posición frente al gobierno de Uribe para que aceptara la propuesta de las FARC de un acuerdo humanitario que permitiera la liberación de los secuestrados. En esa lid, todo el país, a sus 93 años, pocos meses antes de muerte, lo vio con tenis y camiseta marchar por una tórrida Neiva en favor de los plagiados. Sin duda, un compromiso que demostró hasta sus últimos días su estirpe de luchador sin remedio.

sábado, 27 de abril de 2013

Jaime Bateman Cayón y el M-19: treinta años




Bateman dijo que en Colombia la única forma de que a la gente le paren bolas era echando tiros. Estamos ante una oportunidad única para romper esa lógica

Jaime Bateman Cayón, lidel del M-19

Por Yesid Arteta Dávila
Sábado 27 de abril de 2013

“Abra la puerta, señora, somos del ejército”. Con estas palabras comenzaría el primer allanamiento registrado en la ciudad de Barranquilla durante el gobierno de Turbay Ayala. Era el 1ro. de julio de 1980. No había Internet y al día siguiente la edición del periódico El Heraldo traía una fotografía a dos columnas de la casa donde vivía con mis padres acompañada del titular: “Allanan y detienen sospechosos del M-19”. Eran tiempos en los que los organismos de inteligencia militar asociaban a cualquier militante de izquierda con armas y fugas.

Este 27 de abril se cumplen 30 años de la muerte de Jaime Bateman Cayón. No lo conocí pero sí a mucha de su gente y su organización. Tres cosas tuvimos en común: nacimos en el Caribe, hicimos parte de la Juventud Comunista y recibimos formación ideológica en los extramuros de Moscú. “Flaco y un poco escuálido, con una camisa de mezclilla azul y una gorra de capitán de barco, era el hombre más buscado de Colombia desde hacía 5 años”. Así describía Gabriel García Márquez al jefe del M-19 en una formidable crónica publicada en Colombia por la revista Semana y el periódico El País de España en la que relata los pormenores de lo que fue la increíble muerte de Jaime Bateman Cayón y el rescate de sus restos en las marismas del Darién panameño.

No había teléfonos celulares y Juan Gossaín, que por ese entonces hacía carrera en una emisora de Barranquilla, llamó a la casa de mis viejos para averiguar qué era lo que había pasado. Los kafkianos tentáculos del Estatuto de Seguridad que se inventó el gabinete de Turbay Ayala no habían llegado hasta el Caribe y nadie se explicaba las razones para que un pelotón del ejército madrugara a allanar una residencia en el barrio El Carmen, un vecindario cuya única fama provenía del hecho de que allí residían Roberto “El Flaco” Meléndez, el mejor futbolista colombiano de su época, y el “Negro Ray”, el más versátil bailarín de salsa que ha tenido Barranquilla.

Le conté a Gossaín que un mayor del ejército había tocado la puerta de la casa a las cinco de la mañana con un dudoso y escueto papel firmado por un juez militar. Eran las cinco de la mañana y ni siquiera los voceadores de periódicos se habían levantado. En cambio la tropa había madrugado a buscar armas en nuestra casa. El registro demoró unas cinco horas y dio pie a los chismosos y chismosas del barrio para especular sobre una posible caleta de whisky contrabandeado. Excavaron el patio. Un soldado peleó contra las telarañas del cielo raso sin éxito y otro más metió la mano dentro del inodoro. Nada. Estaba limpio. Sin embargo me llevaron junto con algunos ejemplares del periódico Voz Proletaria, varios carnés sin rellenar de la JUCO y una agenda en la que tomaba notas de las extenuantes reuniones del Comité Ejecutivo de la Juventud Comunista.

En aquel entonces yo cursaba cuarto año de derecho en la Universidad Libre y había sido elegido por los estudiantes al Consejo Directivo. Nadie se creía el cuento de que yo perteneciera al M-19, tanto así que el decano de la facultad, un liberal hecho a la cecina, pidió que me liberaran porque no veía razones para que me arrestaran. “Arteta jode con el cuento de las alzas de las matrículas y sus mítines pero no me lo imagino metido en conspiraciones armadas”, dijo el decano a la prensa. Esta declaración, sumada a las protestas de los estudiantes, forzó al Brigadier General Carlos Narváez Casallas, comandante de la Segunda Brigada del ejército, a tomar la decisión de liberarme, no sin antes hacerme firmar un documento en el que dejaba constancia de que no había sido torturado. “Váyase para su casa, -me dijo el oficial-, si otro día lo necesitamos vamos por usted”. Esa fue una de las razones para que un tiempo después me fuera para la guerrilla: no iba a esperar en mi casa a que volvieran por mí.

El estilo carnavalero que Jaime Bateman imprimió al M-19 hizo que mucha gente se montara en el cuento de la guerrilla. Una buena parte de los analistas que hoy escriben y opinan descaradamente en favor de las ideas más antediluvianas pasaron por allí. Pero la guerra no es un carnaval y cuando empezó a sonar bala las cosas se pusieron color de hormiga, y Turbay con sus muchachos empezaron a agarrar gente. El dulce se puso a mordiscos y en pleno auge del M-19 la condición de estudiante, profesor, artista…en fin… era razón suficiente para ser llevado hasta el cepo. El célebre poeta Luis Vidales, autor de Suenan Timbres –considerada la única obra poética de corte vanguardista de la literatura colombiana- estaba cerca de cumplir ochenta años cuando su casa fue asaltada y luego conducido hasta la Brigada de Institutos Militares (BIM) donde un juez de instrucción penal militar lo acusó de subversivo y lo trató como enemigo. En marzo de 1981, el Nobel García Márquez, pidió asilo en la embajada de México en Colombia, para no correr la misma suerte del maestro Vidales.

Nadie me lo ha contado. Lo viví en primera persona. En la sede de la Segunda Brigada de Barranquilla no me dieron una paliza como sucedía en Bogotá con otros y otras detenidas pero me sometieron a plantones y largos interrogatorios con los ojos vendados con una toalla. No recibí descargas eléctricas como pasó con mucha gente acusada de “subversión” pero nadie me asistió legalmente ni nadie me formuló cargos. Era un militante comunista sin capuchas y sin armas. Las armas llegaron después cuando quería continuar con mis ideales y no encontré más salida que “puyar el burro”. Otros, que pensaban como yo, se quedaron echando la lata en ese estrecho y oscuro callejón, hasta que se toparon contra un muro en el que fueron ejecutados como perros. Como en la novela de Kafka.

Bateman y su combo volvieron el M-19 una idea urbana. Hasta entonces, las FARC, el ELN y el EPL eran básicamente unas guerrillas rurales con un campo de acción periférico. Lejos de las muchedumbres y de las fábricas. Cuando hubo acciones de propaganda armada y operativos guerrilleros en Bogotá, Medellín o Cali, el Estado sintió que le estaban tocando los cojones, y esta puede ser una de las razones para que reaccionara tan violentamente cruel, como escribiría un tal Cortázar, y se llevaran por delante a los que no tenían velas en ese entierro.

Represión pura y dura, como si estuvieran compitiendo con las dictaduras del Cono Sur, pero formalmente no eran dictadores, se reclamaban demócratas. A veces no necesitaban disfrazarse de abuelitas y se mostraban como lobos muertos de hambre y se les iba la mano, y alguien se les moría como pasó con Marcos Zambrano. La tal dictadura del General Rojas Pinilla fue un juego de infantes con relación a las travesuras que hicieron los demócratas colombianos durante largos años de Estado de Sitio. No había necesidad de ir a cine y ver cómo se torturaba en las películas de Costa Gavras porque una situación similar se podía vivir en casa de un sindicalista que de repente era cogido por las orejas y llevado como un conejo hasta un calabozo y luego se volvía a saber de él hasta dos semanas después.

Cuando me volví guerrillero de las FARC compartí momentos con algún destacamento del M-19 en las montañas del Cauca. Juntábamos fuerzas para seguir la lucha armada. Se pensaba entonces que la guerrilla colombiana llegaría a un proceso de unidad similar al salvadoreño o guatemalteco. Nada de eso sucedió. El ánimo de unión se fue apagando con el tiempo y cada grupo hizo con su gente lo quiso.

A comienzos de los noventa el destino me fue llevando del departamento de Nariño hasta las selvas del Caquetá. Partí con un puñado de guerrilleros desde la llanura Pacifica y luego de pasar el Valle del Patía y encaramarnos sobre la cordillera central tomamos la ruta que hizo Agustín Codazzi - terminada la Guerra de Independencia en el siglo XIX-, y siguiendo las cabeceras del río Caquetá llegamos hasta los límites con el Putumayo. Unas semanas después tomamos una canoa hasta Mayoyoque y cruzamos hasta la otra ribera con la intención de llegar al rió Orteguaza. Había una operación militar en el área y un campesino que antes había servido de baquiano al M-19 en la región nos fue guiando de noche hasta un poco más arriba de la base de Tres Esquinas. Allí, dijo señalando hacia el río, fue donde un comando del Eme hizo llegar de barriga un avión cargado con armas.

Bateman y otros líderes del M-19 desaparecieron. Unos cayeron batallando como Iván Marino y Álvaro Fayad. Otros murieron en rocambolescas persecuciones. La muerte de Carlos Pizarro fue mediante una planeada escena surrealista. Los que quedaron del M-19 buscaron una salida política y la encontraron a su manera. Ninguno de los sobrevivientes del M-19 debe mostrarse avergonzado de los ideales que persiguieron. Los métodos son discutibles pero las ideas son buenas. Porqué hay que echarles tierra si son buenas y tienen plena vigencia. Porqué hay que seguir la andadura con opiniones prestadas. Las armas quedaron atrás pero no se dejen quitar los símbolos. No permitan que sus ideas sean pulverizadas.

Llevaba más de nueve años preso cuando escuché una voz que ordenaba: abran la celda de Arteta. Estaba recluido en la celda número 29 del pabellón de aislamiento de la Penitenciaria de Alta Seguridad de La Dorada. El guardián abrió y detrás de él venían dos hombres sesentones luciendo ropas civiles. “¿No se acuerda de mí?”, me dijo el que aparentaba más edad. “No, no tengo ni idea de quién es usted”, le contesté. Lo invito a tomar un café, replicó. Habían pasado veinticinco años y estaba hablando con uno de los oficiales que participó en el allanamiento de la casa de mis padres y ocupaba por esos días un cargo en la dirección de prisiones. Fue una conversación serena, sin odio, sin rencor, entre dos hombres que habían pasado un cuarto de siglo por los más inquietantes vericuetos de un país en guerra. Recordando el pasado pero sin restregar heridas. Un conflicto cerrado en falso es una bomba de relojería. La verdad histórica hay que hacerla a varias manos para que la película sea entendible por los de ahora y por los que vienen.

Jaime Bateman dijo en alguna de sus entrevistas que en Colombia la única forma de que a la gente le paren bolas era echando tiros. Eso lo enseñaron e hicieron los liberales y conservadores desde la creación de la República y no ahorraron gente para matarse entre ellos y matar a los demás. Estamos ante una oportunidad única para romper esa lógica. El foro sobre participación política acordado por el gobierno y las FARC es un buen momento para concertar las claves de lo que debe ser un Estado democrático. Para que ningún colombiano se sienta perseguido o se vea obligado a morir por sus ideas.